Glaciares
Lenguas de hielo únicas en la península
Testigos de los días más fríos del cuaternario, los glaciares pirenaicos son las últimas reliquias de las enormes masas de hielo que, junto a otros agentes modeladores, dieron lugar a las principales formas de relieve de los Pirineos.
En la Era Cuaternaria, los glaciares llegaron a tener varias decenas de kilómetros de longitud y centenares de metros de espesor. Con el fin de la “Pequeña Edad del Hielo”, a finales del siglo XIX, comenzó su retroceso. Éste es un fenómeno geológico “reciente” que ha provocado la desaparición de la típica lengua y frente glaciar, convirtiéndolos en glaciares “de circo”.
Únicos en la Península Ibérica, los glaciares pirenaicos son las masas de hielo más meridionales del continente europeo, y en Aragón constituyen el último ecosistema no modificado por el hombre. Se conservan en circos enriscados entre abruptas paredes rocosas, al amparo de cumbres que superan los 3.000 metros. Su singularidad y fragilidad les han hecho merecedores de un elevado interés científico, cultural y paisajístico. Entre otras cosas, los glaciares constituyen un importante laboratorio ambiental y un valioso sensor de la evolución del clima.
Los Monumentos Naturales de los Glaciares Pirenaicos constituyen un singular y valiosísimo patrimonio que agrupa 30 aparatos glaciares (13 glaciares en sentido estricto y 17 heleros) en los macizos Infiernos, Monte Perdido, Posets y Maladeta, destacando por su extensión los glaciares de Aneto (con 99 hectáreas, el más grande de todo el Pirineo) y Maladeta (macizo que por sí solo encierra la tercera parte de la extensión glaciar pirenaica), ambos en el Valle de Benasque. En total, 438 hectáreas de hielo.
Estas reservas de agua sólida se desplazan, fruto de la gravedad y las variaciones climáticas que provocan su dinámica, activando y registrando modificaciones en sus dimensiones, aspecto y movimiento. Además, el juego combinado de la acumulación nival y ablación (fusión) renueva continuamente el ciclo vital de los glaciares. Poco conocidos y escasamente estudiados, los dominios helados se ofrecen como ecosistemas apasionantes. Neveros y glaciares son el medio de vida de muchos depredadores, pues el agua de fusión, que permanece durante el día sobre el hielo, atrapa partículas minerales, polen, semillas e insectos, configurando un suero nutritivo delicioso para la chova piquigualda y el gorrión alpino. Además, aprovechando la humedad, hay una serie de plantas quionófilas de bellísimas, aunque diminutas flores.
Crestas o aristas, paredes de rimaya, umbrales y cubetas constituyen una “jerga” geomorfológica y alpinista específica que designa las diferentes partes de un circo glaciar. Son el resultado de la erosión glaciar que agudiza crestas divisorias, verticaliza paredes y vacía o excava depresiones con abundancia de formas de modulado muy singulares: rocas aborregadas, estrías, acanaladuras, pulidos, etc. Otro curioso fenómeno que se puede observar en estos parajes pirenaicos es el de la “nieve roja”. Se ha buscado como origen de este fenómeno el polvo sahariano traído por el viento, aunque hoy también sabemos que esta pigmentación puede deberse a una alga microscópica, la Chlamydononcis nivales.
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