Historia geológica
La historia del valle grabada en la piedra
La cordillera pirenaica, al igual que los Alpes, se formó a mediados de la Era Terciaria, hace unos 30 millones de años. Se consideran unas montañas “jóvenes”, cuyas formas son todavía muy escarpadas a pesar de los intensos desgastes que han sufrido. No obstante, al final de la Era Primaria, hace poco más de unos 200 millones de años, existía ya una cordillera más modesta que podemos considerar el embrión de los Pirineos. Sucesivos hundimientos y levantamientos, unidos a la acción de los glaciares y la erosión, han determinado la actual configuración orográfica.
Si realizamos un pequeño recorrido por la historia geológica del Valle de Benasque debemos remontarnos a la Era Primaria, hace unos 300 millones de años. En esta época, el proceso geológico más característico era la acumulación de sedimentos bajo el mar, los cuales formaban una gran cuenca marina que iba hundiéndose cada vez más. Ello dio originó diferentes capas de materiales: rocas calizas en la superficie, rocas metamórficas como pizarra y mármol en las zonas intermedias y, por la acción de las elevadas presiones y temperaturas, granitos en el estrato más profundo. A finales de esa era, en el periodo Pérmico, se levantaron los Pirineos por primera vez en un proceso denominado orogénesis. Durante unos 150 millones de años, en la llamada Era Secundaria, la cuenca pirenaica estaba cubierta por un mar poco profundo llamado Thetys.
En la Era Terciaria se produce la definitiva creación de la cordillera pirenaica, producida por el choque de las placas ibérica y europea. En este proceso, el sustrato más profundo, de gran dureza, se fracturó en grandes bloques y se levantó hasta elevadas alturas, dando lugar a macizos como los de Posets/Llardana o los Montes Malditos. Los materiales que en principio había sobre ellos, más blandos, se plegaron y desplazaron resbalando sobre los bloques axiales, formando una cascada de montañas plegadas descendentes que llegan hasta el llamado Prepirineo, situado al norte y sur de la zona central pirenaica y compuesto de materiales calizos. En su parte aragonesa, este Prepirineo se divide en dos alineaciones montañosas: las Sierras Interiores y las Exteriores. Entre las primeras se encuentran Cotiella, Baziero, Gallinero, Turbón y otras.
Durante el periodo geológico en el todavía nos encontramos, el Cuaternario, los cambios más significativos se producen en estas sierras formadas por calizas y materiales blandos. En esta era es muy importante la acció de modelado del relieve de los glaciares. Hace unos 45.000 años, la lengua glacial del Ésera alcanzaba los 36 Km. de longitud, desde los confines de los Montes Malditos hasta las inmediaciones del Congosto de Ventamillo. En otras palabras: todo el Valle de Benasque era una gran masa de hielo, que se alimentaba de las cuencas afluentes provenientes de la línea fronteriza y de los macizos Perdiguero, Posets, Bagüeñola y Montes Malditos.
La impronta más característica de la erosión producida por el glaciar es la forma de U o artesa que proporciona al Valle. Esta forma particular es bien visible por todo el Valle de Benasque y también en algunos valles laterales como Estós, Literola y Ballibierna. Sus fondos planos están tapizados por rellenos glaciares y fluvioglaciales, en los que se forman turberas y sobre los que discurren las aguas con lentitud y parsimonia. Una vez retirada la gran masa de hielo, la erosión fluvial es la responsable de la transformación de los valles a una forma de V.
Las morrenas, depósitos de materiales en los laterales, el fondo o la parte final de los glaciares, son testigos que nos hablan de los avances y retrocesos de este glaciar. La zona de Chía y los pueblos del Solano se asientan sobre frentes morrénicos del antiguo glaciar, de manera que es fácil encontrar por estos parajes grandes bloques de granito. Otro tipo de formas de relieve creadas por la acción glacial son las cubetas de sobreexcavación, ocupadas en su mayoría por ibones una vez se retiró el hielo (Alba, Cregüeña, Coronas, Llosás, Batisielles, Bagüeña, Barbarisa, etc.), y los resaltes rocosos entre cubetas, en los que es posible encontrar interesantes rocas aborregadas, estrías y pulimentos.
Hoy en día, los glaciares pirenaicos son los únicos que se pueden observar en la Península Ibérica. Son los llamados “de circo”, “suspendidos” o “pirenaicos”, debido a que han quedado reducidos al circo de alimentación y por tanto carecen de lengua. Los más importantes de la zona son los de Posets/Llardana, Coronas, Maladeta, Barrancs, Tempestades y el del Aneto, el más grande con 1.600 metros de anchura, más de un kilómetro de largo, 550 metros de espesor en su punto máximo y una velocidad de 35 metros por año. Después de su retroceso continuo desde hace siglos, parece ser que estos glaciares experimentaron una estabilización en el periodo 1957-1988 . A partir de ese momento, su dinámica se vio de nuevo amenazada por un incremento del retroceso: en la actualidad presentan numerosas grietas y el hielo aflora casi por completo al final de temporada.