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La cuna del Pirineismo

Montes Malditos o Maldeta, unos apelativos demasiado aterradores para unas montañas de majestuosa belleza y un reto para quienes desean superar las dificultades de sus vías de acceso, alcanzar sus cimas y, una vez arriba, poder contemplar la grandiosidad del paisaje, la enormidad del espacio entre picos, los empequeñecidos valles. Gozar, en definitiva, de un silencio evocador y de una paz inefable.

Durante siglos la cima reina de la cordillera pirenaica fue el pico Maladeta (3.308 m), de ahí que su nombre se impusiera para nominar a todo el macizo donde, dicho sea de paso, se hallan las cumbres más altas, agrestes y bellas de todo el Pirineo.

Geográficamente la Maladeta está en la zona axial del Pirineo, en el eje central, donde moles graníticas nos llevan hasta las mayores elevaciones de la cadena y donde se encuentran, además, los glaciares más importantes del Pirineo (Aneto - Maladeta). Restos de una glaciación que ocupó el antiguo glaciar del Ésera hasta alcanzar 36 km de longitud desde su extremo superior, el circo de Mulleres, hasta su área de ablación, en la entrada del Congosto de Ventamillo.

Fue en el S.XVIII cuando comenzó a despertarse el interés por las montañas. Hasta entonces nadie subía a ellas, solo se utilizaban los pasos más accesibles a través de los puertos y collados como vías de comunicación entre pueblos. En esta época la necesidad del control militar pasaba por una cartografía del territorio, y los cartógrafos se convirtieron en los primeros montañeros de la historia, los primeros hombres que se fijaban en las grandes cumbres y las dibujaban y medían con más o menos acierto.

En aquella época la intuición del cartógrafo francés La Blottière se aventuró a desbancar al Monte Perdido como la mayor altura de los Pirineos, centrado las miradas sobre el Macizo de la Maladeta. Las nieves perpetuas y el espesor de la masa de hielo fundamentaban su hipótesis que años más tarde se confirmaría.

Ramond de Carbonnières, un ilustrado francés, junto a Vidal y Reboul, se cansaron de dibujar y medir montañas y comenzaron a recorrerlas, documentando sus rocas, sus fósiles y sus plantas. Querían conocer lo desconocido, sentían la necesidad de ser los primeros en estar donde nadie antes había estado. Todos estos impulsos fueron los que llevaron a un joven Ramond a intentar ascender la montaña maldita para los montañeses, aquélla en la que el pasto se congeló en épocas pasadas: la Maladeta. En aquel momento, año 1789, dejó escrito: "La situación, el tamaño, la altura y los hielos de esta montaña me impresionaron vivamente, tanto que pensé comprobar porqué motivo tenía fama de inaccesible".  Pero no fue él el primero en ascender a esta montaña, sino el médico ruso-germano Johan Jacob Wilhem Friedrich Parrot que llegó en 1817 a los Pirineos siendo ya un científico reputado gracias a sus trabajos de registro de altitudes en los Alpes y en el Caúcaso que llevaba a cabo con un termo-barómetro de su invención. De esta ascensión, que realizó con el guía Pierre Barrau el 29 de septiembre de 1817, dejó escrito en su libro publicado en 1823 "Salió la Luna, iluminando la imponente y majestuosa mole de las nieves de la Maladeta, al pie de la cual me encontraba, descubriendo cada garganta, cada cresta, hasta la cumbre más lejana; mi alma estaba llena de esperanza, confiando en que al día siguiente la ascensión no sería en vano".

Los intentos de ascensión de las Maladetas permitieron contemplar desde una mejor perspectiva la verdadera dimensión de una punta escondida detrás de la cresta de los Portillones: el Aneto. Fue el año de esa primera ascensión cuando Henri Reboul, basándose en avanzados cálculos matemáticos, aseguró que el Néthou, era la montaña más alta de los Pirineos. La noticia sirvió para dar comienzo a una nueva carrera en la conquista del techo de los Pirineos.

 

En 1820 se realiza el primer intento de ascensión al Aneto. Formarán el equipo Leon Dufour y Henri Reboul, acompañados por los guías de Luchon Martre y Barrau. Salieron de Luchon y al pasar el puerto de Benasque pararon para observar la montaña y decidir por dónde intentarían ascender al gigante Aneto. El itinerario elegido fue una arista de apariencia amable que se levantaba desde el collado de Salenques. Fue una ilusión equivocada, una vez en el collado, la arista de Salenques se transformó en un caos de bloques y gendarmes, escalada imposible de asumir para estos cuatro aventureros.

Pasarían siete años hasta que alguien volviera a intentar llegar a la cima. Esta vez sería Étienne-Gabriel Arbanère y lo intentaría por el sur, alejándose de los grandes glaciares y las temibles crestas de la cara norte. Desde la brecha de Llosas tuvo que abandonar su intento.

Así, durante años fueron sucediéndose diferentes tentativas con mayor o menor acierto en los itinerarios elegidos, quedándose más lejos o más próximos a la cima, caminando nuevos glaciares y atravesando nuevos collados, pero todas ellas con algo en común: ninguna conseguía llegar a la cumbre.

Será en 1842 cuando un joven Platon de Tchihatcheff, antiguo oficial ruso, decidió realizar una serie de ascensiones a míticas montañas pirenaicas: Midi, Vignemal, Monte Perdido y, cómo no, la ansiada cumbre del Aneto. No fue fácil encontrar guías en Luchon que quisieran acompañarle, pues ninguno quería correr la misma suerte que Barrau, que murió años atrás en la Maladeta. A mitad de la temporada estival consiguió reunir al equipo que le acompañaría, el botánico Albert de Franqueville, dos guías (Pierre Sanio y Jean Sors, apodado “Argarot”) y dos cazadores (Bernard Arrazau y Pierre Redonnet). Todos ellos partieron hacia la montaña el 18 de julio de 1842.

En su ruta atravesaron el puerto de Benasque, igual que habían hecho años atrás Dufour y Reboul, pero no cometieron el mismo error que estos pioneros y se encaminaron hacia La Renclusa de la Maladeta. Una vez en ella, se dirigieron al suroeste para atravesar la brecha de Alba, desde la que divisaron el ibón de Cregüeña y pasaron a Coronas. Rodeando la gran montaña buscaban evitar las temibles rampas heladas de la cara norte del Aneto.

 

Tras dos días de camino se encontraron en el ibón de Coronas, muy cerca de donde nadie antes había estado. Ya en el collado de Coronas aún les quedaba la gran rampa de hielo final antes de llegar a la cima, rampa que intentaron evitar ascendiendo por la cresta. La roca descompuesta y la espesa niebla les obligaron a remontar las rampas del glaciar, que por esta vez se mostró amable, recubierto por una capa de nieve donde las huellas se marcaban sin problema.

Una vez en la antecima, la niebla les permitió ver la cima. Aún no habían llegado, todavía les quedaba una última dificultad, un estrecho y vertiginoso tramo de cresta horizontal que los separaba de la definitiva cima: el Puente de Mahoma que el mismo Franqueville se encargó de bautizar. Tras superarlo se cerró un importante capítulo del pirineísmo: los primeros hombres habían coronado la cima del Aneto.

Del último tramo de la ascensión dejaron escrito "única vía - el Paso de Mahoma - que se nos ofrecía para llegar a la cima, franqueamos ese peligroso paso y por fin pisamos el pico que jamás antes había sido pisado por ningún hombre. Después de unos momentos consagrados a la satisfacción que nos producía nuestro triunfo, contemplamos la magnificiencia del horizonte que la mirada abarca sin ningún obstáculo. Después de una hora y antes de abandonar la cima del Aneto, quisimos dejar constancia de nuestra hazaña en un hueco y dejamos dentro de una botella una hoja de pergamino en la que escribimos la fecha de nuestra expedición, nuestros nombres y los de nuestros valientes guías".

Desde entonces y hasta hoy, las cimas de la Maladeta y del Aneto han sido conquistadas por cientos de excursionistas, amantes del Pirineo, y es muy posible que tengan las mismas sensaciones que estos pioneros.

Fotos históricas: Centre Excursionista de Catalunya, Foto cabecera: Cristian Casal, "la retratería"

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