Es entonces cuando aparecen las primeras flores.
Entre ellas hay una especialmente ligada a la montaña pirenaica: la Flor de Lis. De tonos rosados o amarillos según la especie, elegante y discreta, brota en claros de bosque y praderas de montaña. Durante unas semanas se convierte en uno de los signos más claros de que la estación avanza.
En realidad, cuando en el Pirineo se habla de Flor de Lis se suele hacer referencia a lirios silvestres del género Lilium, especialmente dos especies presentes en la cordillera: Lilium pyrenaicum, conocido como azucena de los Pirineos, y Lilium martagon, el martagón o azucena silvestre.
Son plantas perennes que nacen cada año a partir de un bulbo subterráneo. Sus tallos pueden superar el metro de altura y sus flores, agrupadas en racimos, tienen una forma muy característica: los pétalos se curvan hacia atrás como si fueran un pequeño turbante.
En el caso del martagón, las flores suelen ser rosadas con manchas púrpuras; en la azucena pirenaica predominan los tonos amarillos con manchas oscuras. Ambas florecen de cara al verano, cuando la primavera ya está avanzada en la montaña.

No es una flor fácil de encontrar. Lilium pyrenaicum crece en prados y pastizales de montaña, en zonas abiertas y bien iluminadas, mientras que Lilium martagon puede aparecer en claros de bosque o hayedos, en ambientes más frescos y sombríos. Por eso, para muchos naturalistas, su presencia suele indicar ecosistemas bien conservados.
Antes de que la medicina moderna se extendiera por los pueblos de montaña, algunas especies de lirio también formaban parte del conocimiento tradicional.
En el Pirineo aragonés, la azucena (Lilium pyrenaicum) se utilizaba en aceites o maceraciones para tratar golpes o inflamaciones, con un uso similar al de la árnica.
El martagón (Lilium martagon), por su parte, se empleaba en emplastos a partir del bulbo y también se le atribuían usos como vulnerario o diurético.
Hoy estos usos han desaparecido casi por completo y, en muchos lugares, estas plantas se consideran especies que conviene proteger y no recolectar.
Lo más valioso sigue siendo verlas en su entorno natural.
Encontrar una Flor de Lis en el Valle de Benasque suele ser una pequeña sorpresa en medio de una caminata. No forma grandes praderas ni cubre los prados de golpe. Aparece aquí y allá, casi escondida entre la hierba o en el borde de un bosque.
Es parte de la forma en que la primavera llega al valle.
Mientras en las cumbres más altas todavía permanece la nieve —y en Cerler aún se puede disfrutar de los últimos días de esquí— en los caminos empiezan a aparecer brotes verdes, flores y prados que recuperan el color.

La primavera aquí es una estación de transición: el invierno se retira lentamente y la montaña vuelve a respirar.
La Flor de Lis es una de esas señales discretas que acompañan ese cambio. No hace ruido ni ocupa grandes espacios. Pero quien camina por el valle en estas fechas sabe que, cuando aparece, la primavera ya está en marcha.